Ayer se cayó todo. Hoy buscamos si algo quedó abajo — y descubrimos que lo que mejor conocemos no es lo que tocamos.
Al final de la Primera Meditación no quedaba nada: ni los sentidos, ni el mundo, ni el cuerpo, ni la matemática, ni la razón. La Segunda arranca desde ahí, sin consuelo.
Arquímedes, para trasladar el globo terrestre de un lugar a otro, no pedía nada más que un punto fijo y seguro. Así yo tendré derecho a concebir grandes esperanzas si soy lo bastante afortunado para hallar sólo una cosa que sea cierta e indudable.— Segunda Meditación
Cielo, tierra, colores, figuras, sonidos. Y también: que yo tenga cuerpo, sentidos, manos. Todo bajo la hipótesis del genio maligno.
No un sistema, no una lista. Un solo punto que resista. Con uno alcanza: sobre él se reconstruye el resto.
Supongamos que hay un engañador poderosísimo que me engaña en absolutamente todo.
Para ser engañado, alguien tiene que estar ahí recibiendo el engaño. El engaño necesita un engañado.
Cuanto más me engañe, más seguro es que existo. La hipótesis destinada a destruirlo todo termina probando una cosa.
Yo soy, yo existo. Verdadera cada vez que la pienso o la pronuncio.
Engáñeme cuanto quiera, que nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo piense que soy algo. […] «Yo soy, yo existo» es necesariamente verdadera todas las veces que la pronuncio o la concibo en mi espíritu.— Segunda Meditación
No es un silogismo abreviado («todo lo que piensa existe / yo pienso / luego existo»). Se capta de golpe, en un solo acto.
Prueba: Descartes también lo escribe sin el «luego» — «yo soy, yo existo».
Es la única proposición que se refuta al negarla: si dudo de que existo, ya estoy pensando, y por lo tanto existo.
Por eso resiste al genio maligno: el ataque es la prueba.
No se demuestra, se ejecuta. Cada uno tiene que hacerla en sí mismo; no sirve que se la cuenten.
Es singular en el acto, universal en la forma: a cualquiera le pasa lo mismo cuando lo hace.
No me garantiza que exista siempre, ni ayer, ni mañana. Solo ahora, mientras pienso.
Si dejara de pensar, la certeza se apagaría con el acto.
El yo que existe no tiene cuerpo, ni historia, ni apellido: todo eso sigue en duda.
Es un yo despojado: pura instancia pensante.
Es la roca, no el edificio. Establece la existencia, y deja abierta la pregunta por la naturaleza.
Esa pregunta es la que sigue.
Yo soy, yo existo: esto es cierto; pero ¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que dure mi pensar.— Segunda Meditación
Descartes prueba las respuestas viejas y las va tachando. No porque sean absurdas, sino porque de cada una todavía puedo dudar.
«Animal racional.» Rechazada: obligaría a definir antes qué es animal y qué es racional. Una definición que abre otras dos no explica nada.
«Soy este cuerpo.» Rechazada: el genio maligno pudo hacerme creer que tengo cuerpo. No puedo afirmarlo.
«Un aire, una llama, un viento sutil que recorre mis miembros.» Rechazada: sigue siendo algo corporal, y de lo corporal dudo.
Pensar. Es el único atributo que no puedo separar de mí sin que yo desaparezca.
Método a la vista: no se pregunta «¿qué me parece que soy?», sino «¿qué es lo que queda cuando le saco todo lo dudoso?». Lo que sobrevive a esa resta es la esencia.
¿Qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también, y que siente.— Segunda Meditación
Ahí está la jugada más fina de la Meditación. Descartes no recupera los sentidos: los reinterpreta.
Que exista la luz que veo, el calor que siento, el cuerpo que me duele. Todo eso puede ser falso.
Que me parece ver luz, que me parece sentir calor. Ese parecer, en cuanto acto mío, es cierto.
Y eso —«parecerme que veo»— no es otra cosa que pensar. Por eso sentir entra en la lista de los modos del pensamiento.
Ejemplo para el aula: el dolor de un miembro fantasma, o el dolor dentro de un sueño. El objeto no está; el dolor, como vivencia, sí.
| Res cogitans — la cosa que piensa | Res extensa — la cosa extensa | |
|---|---|---|
| Atributo esencial | Pensar | Ocupar espacio (extensión en largo, ancho y profundidad) |
| Sus modos | Dudar, entender, afirmar, negar, querer, imaginar, sentir | Figura, tamaño, posición, movimiento, duración |
| Cómo se conoce | Por conciencia inmediata: me es transparente | Solo por el entendimiento — nunca por los sentidos |
| Divisibilidad | Indivisible: el pensamiento no tiene mitades | Siempre divisible: todo cuerpo tiene partes |
| Estado en Med. II | Su existencia está probada | Su existencia sigue en duda — acá solo se define qué sería |
Precisión importante: en la Segunda Meditación Descartes todavía no probó que exista la res extensa, ni que sea realmente distinta de mí. Eso llega recién en la Sexta. Acá tenemos el concepto, no la prueba.
Descartes admite que su espíritu se resiste: le sigue pareciendo que las cosas que puede ver y tocar son mucho más claras que ese yo sin cuerpo que acaba de encontrar. Para desarmar esa intuición no discute: hace un experimento.
Un trozo de cera que veo, huelo y toco me parece lo más conocido del mundo. Mi propia mente, en cambio, es vaga.
Incluso en el caso más favorable a los sentidos, quien conoce no es el sentido. Y en cada acto de conocer un cuerpo, me conozco a mí mismo con más certeza que a él.
Tomemos por ejemplo este trozo de cera que acaba de ser sacado de la colmena: aún no ha perdido la dulzura de la miel que contenía, conserva algo del olor de las flores…— Segunda Meditación
Ni una sola de las propiedades que los sentidos me daban se mantuvo. Si la cera fuera esas cualidades, ahora sería otra cosa.
Todos decimos, sin vacilar, que es la misma cera. Nadie cree que se transformó en otra sustancia.
Entonces, ¿qué era lo que yo conocía cuando conocía la cera? No pudieron ser el olor, ni el color, ni la dureza: todos desaparecieron.
Lo que conozco de la cera nunca fue lo sensible. Los sentidos me daban ropa, no cuerpo.
Solo esto: algo extenso, flexible y mudable. Algo que ocupa espacio y admite cambiar de forma.
¿Permanece la misma cera? Hay que confesar que sí; nadie lo niega, nadie lo juzga de otro modo.— Segunda Meditación
La imaginación es una facultad finita: produce imágenes, y las imágenes son siempre particulares. Pero yo entiendo que esta cera puede adoptar más figuras de las que jamás podría imaginar. Entonces mi comprensión de la cera excede a mi imaginación.
Lo que yo creía ver con mis ojos, lo comprendo únicamente por la facultad de juzgar que reside en mi espíritu.— Segunda Meditación
Ese «hay hombres» no lo vi: lo juzgué. Y el juicio no es un acto del ojo, es un acto del entendimiento. Percibir, en Descartes, ya es siempre juzgar.
¿Qué es lo que veo desde la ventana, sino sombreros y capas, que bien podrían cubrir espectros o autómatas…? Pero juzgo que son hombres.— Segunda Meditación
La conclusión invierte el sentido común. Y el argumento es simple: cada vez que conozco un cuerpo, ese acto de conocer prueba dos veces mi existencia — una por el pensar, otra por el conocer.
Entonces yo, que la estoy pensando, existo con más razón todavía.
Sigo pensando que la veo. Y quien piensa, existe igual.
Mi existencia queda probada. La de la cera, no.
Todo lo que me sirve para conocer un cuerpo me hace conocer mejor a mí mismo: cada percepción es también una prueba del que percibe.
Nada me resulta más fácil de conocer que mi propio espíritu.— Segunda Meditación
Descartes ganó una roca, pero es una roca en el vacío: está solo con sus propios pensamientos. Tiene certeza de sí y de nada más. Eso tiene nombre — solipsismo — y es una cárcel.
Clase 3 — Dios y el error. Tercera y Cuarta Meditación.
Citas en traducción estándar, marcadas por Meditación. Fuentes: Descartes, Meditaciones metafísicas; resumen de cátedra de Filosofía Moderna (Mendoza Hurtado–Jáuregui, UBA); teóricos de C. Jáuregui (UBA, 2016).