Primero repasamos qué es el criterio, qué es la duda y en qué peldaño estamos. Después: de dónde sale el error, y por qué la respuesta es el método. Y al final, la segunda prueba de Dios — la que no necesita ninguna causa.
No «lo que parece razonable», no «lo que casi todos aceptan». Descartes es tajante con esto y conviene decirlo con todas las letras.
La evidencia se opone a la probabilidad y a la verosimilitud.
Descartes no admite ningún valor intermedio entre la certidumbre absoluta y la ignorancia. O es evidente, o no cuenta.
El conocimiento evidente es indudable, inmediato y no admite grados. No hay «medio evidente».
Por eso la evidencia alcanza sola: es criterio suficiente de verdad.
Que todas las cosas que concebimos muy clara y distintamente son verdaderas.— Tercera Meditación
Si alguien dice «el criterio de Descartes es la duda», invirtió las cosas. Se duda para encontrar algo evidente. Sin la evidencia como meta, la duda sería escepticismo — y Descartes no es escéptico.
Deliberada, voluntaria y provisoria. Se duda para encontrar, no para quedarse sin nada.
Por eso no es escepticismo: el escéptico se queda en la duda, Descartes la atraviesa.
Basta poder dudar de algo para tratarlo como falso. No hace falta probar que es falso.
Es el filtro más fino posible, puesto a propósito.
No se revisa opinión por opinión: se atacan los cimientos, las dos fuentes del conocimiento.
Alcanza a los sentidos, al mundo, al cuerpo y hasta a la razón.
No es necesario que las examine a cada una en particular, lo que sería un trabajo infinito; sino que, dado que la ruina de los fundamentos arrastra consigo necesariamente el resto del edificio, atacaré en primer lugar los principios sobre los cuales se apoyaban todas mis viejas opiniones.— Primera Meditación
Fijate que la cita justifica la universalidad: no es capricho ni exageración gratuita, es economía. Revisar una por una sería infinito.
Conducir mis pensamientos ordenadamente, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ascender poco a poco, como por grados, al conocimiento de los más compuestos.— Discurso del método, tercer precepto
El orden del tercer precepto es deductivo, no causal: no dice cómo dependen las cosas unas de otras en la realidad, sino cómo unos conocimientos dependen de otros. Es una ordenación epistemológica.
El primer precepto manda evitar las dos. Son dos maneras distintas de perder el gobierno del propio juicio, y conviene poder distinguirlas.
Juzgar a destiempo, de manera atolondrada, sobre la base de un conocimiento insuficiente.
No adecuar las razones que fundan el juicio con el grado de certeza de lo que se afirma. Voy más rápido de lo que sé.
Una decisión de la voluntad indiferente al conocimiento claro y distinto de aquello sobre lo que decide.
Es el prejuicio: el terreno donde no soy libre y estoy preso de las «verdades» heredadas de instituciones y costumbres. No juzgo yo: juzga lo que me enseñaron.
No admitir nunca como verdadera cosa alguna, que yo no conozca con evidencia ser tal; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención.— Discurso del método, primer precepto
Guardá la precipitación: dentro de un rato va a ser la definición misma del error en la Cuarta Meditación.
Hoy tengo el cogito, tengo a Dios y tengo la razón legitimada. Falta el mundo. Y sin embargo me sigo equivocando — que es exactamente el problema con el que abre la Cuarta Meditación.
Necesito a Dios para confiar en mis ideas claras y distintas. Pero probé a Dios usando ideas claras y distintas. Parece que el argumento se muerde la cola.
Distingue dos momentos cuyo orden no se puede invertir. Lo que estoy intuyendo ahora se sostiene solo: no necesita garantía. Dios garantiza lo que recuerdo haber demostrado — las cadenas de razonamiento que ya no tengo presentes.
Dicho corto: Dios no garantiza la intuición, garantiza la memoria del razonamiento. Garantiza las mediaciones, no lo inmediato.
La prueba de Dios no es una sola intuición instantánea: tiene pasos. Y si tiene pasos, hay memoria en el medio. Descartes responde que sus axiomas e ideas simples pueden entenderse en conjunto como una única intuición. Ahí está el nudo.
El argumento que vamos a ver al final de la clase vuelve a apoyarse en lo claro y distinto para probar que Dios existe. Si el círculo no está cerrado, esa prueba tampoco lo está. Tenganlo a mano.
o, dicho de otro modo: por qué erramos.
Cuarta Meditación — «De lo verdadero y lo falso»
Si me engaño, es porque mi facultad de discernir lo verdadero de lo falso no es infinita. No soy Dios, y tampoco soy nada: estoy en el medio, y en ese medio hay lugar para equivocarse.
Descartes la formula como una sospecha: ¿provendrá de una falta de perfección? ¿De una privación del conocimiento? Y la pregunta no es inocente — porque cualquier respuesta parece acusar a Dios.
Dios existe, es perfecto y no puede ser engañador: engañar supone un defecto. El error sistemático quedó descartado.
Pero me equivoco. Eso es un hecho. Y si Dios me hizo, y me hizo bien, mi error tiene que explicarse sin cargárselo a Él.
Hay cosas que no concibo, y punto. Esto no es una queja contra Dios: Dios me hizo así. Ser finito no es un defecto de fábrica, es ser una criatura.
Puedo afirmar o negar cualquier cosa, incluso lo que no entiendo. Descartes dice que es «más amplia y extensa» que el entendimiento — de mayor alcance, no ocupando más espacio.
Ojo con la palabra: «extensa» acá significa de mayor alcance. No tiene nada que ver con la res extensa, la sustancia corpórea que vimos antes. Son dos usos distintos de la misma palabra.
La tentación sería decir que el entendimiento es defectuoso por ser finito, o que la voluntad es peligrosa por ser infinita. Descartes cierra las dos puertas con el mismo argumento.
Es una creación divina y como tal es perfecto en lo suyo. Que sea finito no lo vuelve defectuoso: hace exactamente lo que puede hacer, que es concebir. Y cuando concibe, concibe bien.
También es creación divina, y es lo más perfecto que tengo. Es justamente en ella donde Descartes reconoce estar hecho a imagen y semejanza de Dios.
Sólo la voluntad o libertad del albedrío la siento en mí tan grande, que no concibo idea de otra más amplia y extensa: de suerte que es ella principalmente la que me hace saber que estoy hecho a imagen y semejanza de Dios.— Cuarta Meditación
Si ninguna de las dos facultades es la culpable, entonces el error no está en ninguna de ellas. Está en otro lado. ¿Dónde?
Y esa desproporción tiene nombre: precipitación. Afirmar o negar una idea sin habérsela presentado antes de forma clara, distinta e indubitable.
La luz natural nos enseña que el conocimiento del entendimiento debe siempre preceder a la determinación de la voluntad.— Cuarta Meditación
Errar es, entonces, un mal uso del libre albedrío. La privación es mía: no vive en Dios. Dios me dio dos facultades buenas; el desorden entre ellas lo pongo yo.
Vale la pena detenerse en la palabra. Temerario no es el que no sabe: es el que no se toma el trabajo de distinguir lo claro y distinto, y aun así se pronuncia.
Dar por verdadero o falso lo que apenas se le presenta, sin haberlo descompuesto ni examinado. Es una forma temeraria de afirmar y de negar.
No opinar sobre aquello que no se me presenta clara y distintamente. Suspender el juicio no es cobardía intelectual: es la única manera de no errar.
Y esto es más grave de lo que suena, porque el error acá no es sólo epistémico: es moral. Al extralimitar mi voluntad más allá de mi saber, yerro y peco. Es una falta, no un accidente.
La negación no acusa a nadie: no sabemos por qué Dios nos hizo finitos, y esa limitación bien podría contribuir a la perfección del conjunto. La privación sí acusa — y me acusa a mí.
Por eso esta Meditación se puede leer como el capítulo de las reglas para el correcto uso de la razón. La receta es corta y ya la conocemos.
No aceptar como verdadera ninguna idea que no se me presente clara y distinta.
No precipitarme a afirmar ni a negar, a aceptar ni a rechazar, aquello que no cumpla esa condición.
Es el primer precepto del método, otra vez — pero ahora fundamentado. En el Discurso era un consejo de buen procedimiento. Acá quedó demostrado por qué funciona: porque el error es exactamente la desproporción que la regla impide.
Queda explicado el origen del error sin cargárselo a Dios. Dios sigue siendo el garante de las ideas claras y distintas: si me equivoco, es por mi mal uso, no por un defecto que Él me haya puesto.
El método deja de ser una recomendación práctica y pasa a tener fundamento metafísico. Sabemos por qué evita el error: porque impide que la voluntad se adelante al entendimiento.
Con eso podemos volver a las cosas. Y la pregunta que sigue es: de las cosas materiales, ¿qué es lo que puedo concebir clara y distintamente?
Quinta Meditación — «De la esencia de las cosas materiales, y otra vez de la existencia de Dios»
Atención al título: dice esencia de las cosas materiales, no existencia. Que existan los cuerpos es asunto de la Sexta. Acá se pregunta qué son, no si están.
Y ya no estoy indefenso frente a ellas. Vengo de tres Meditaciones que me dejaron una herramienta.
Descartes se hace la pregunta en voz alta: si del mero hecho de que una idea se me presente clara y distinta puedo concluir algo sobre lo que representa, ¿por qué no aplicarlo a la idea de Dios?
Una prueba causal: partió de un efecto —la idea de infinito, y su propia existencia— y remontó hasta la causa que hacía falta para producirlo.
Una prueba ontológica: no parte de ningún efecto. Parte de la esencia misma, del solo análisis de qué es Dios.
Son dos pruebas distintas de la misma conclusión, con estructuras distintas. La primera necesita el principio causal y los grados de realidad; ésta no necesita nada de eso.
De las cosas materiales puedo concebir con claridad ciertas propiedades: extensión, figura, movimiento, duración, número. Todo lo matematizable. Descartes llama a esas esencias naturalezas verdaderas e inmutables.
No son producto de un consenso ni de una fantasía. No puedo alterarlas: su contenido se me impone, tenga yo ganas o no.
Tienen una estructura fija, independiente de la voluntad de quien las piensa. No dependen de mí.
No vienen de la sensibilidad ni de la imaginación. Entonces no son ni adventicias ni facticias: sólo queda que sean innatas.
Y acá viene la jugada: si hay esencias que se me imponen y que no puedo tocar, entonces una esencia puede obligarme a admitir algo. Guardá eso.
El movimiento es exactamente el mismo. Así como no puedo separar del triángulo sus propiedades esenciales, no puedo separar de la esencia de Dios su existencia.
La existencia no puede separarse de la esencia de Dios, como… del triángulo la magnitud de sus tres ángulos igual a dos rectos.— Quinta Meditación
| El triángulo | Dios | |
|---|---|---|
| Su esencia incluye | que sus tres ángulos sumen dos rectos | la existencia |
| Si se lo quito | deja de ser un triángulo | deja de ser Dios |
| Quién lo decide | la esencia, no yo | la esencia, no yo |
Marcá el límite del ejemplo, o te lo voltean. La montaña y el valle muestran inseparabilidad, no existencia. Descartes usa la analogía para el vínculo, no para concluir que algo exista. Lo que hace la diferencia en el caso de Dios es otra cosa — y es lo que viene ahora.
Acá está la diferencia con la montaña. La necesidad de la existencia de Dios la determina la idea misma de Dios. No puede ser que yo tenga la esencia de Dios y que su existencia vaya por otro lado.
Lo que puede ser o no ser. Una montaña puede existir o no existir sin que su concepto se rompa. Yo mismo soy contingente.
Lo que no puede no ser. En el único caso de Dios, la existencia está inscripta en la esencia. Si tengo esta idea, es porque Dios existe.
La existencia es una perfección. Y a Dios, por definición, no le falta ninguna. Si a la idea de Dios le saco la existencia, no obtengo un dios más modesto: obtengo otra cosa, algo a lo que le falta algo — y eso no puede ser Dios.
| Med. III · causal | Med. V · ontológica | |
|---|---|---|
| De dónde parte | De un efecto: la idea de infinito que tengo, y mi propia existencia. | De la esencia: del solo análisis de qué es un ser sumamente perfecto. |
| Qué necesita | El principio causal y los grados de realidad. | Nada más que el concepto. No necesita ningún efecto. |
| Cómo procede | Remonta del efecto a la causa que hace falta para producirlo. | Muestra que la existencia es inseparable de esa esencia. |
| Conclusión | Dios existe, y no estoy solo en el mundo. | Dios existe, y existe necesariamente. |
Y acá vuelve lo de hoy temprano. Esta segunda prueba se apoya en que la idea de Dios se me presenta clara y distinta. Es decir: vuelve a apoyarse en el criterio que Dios tenía que garantizar. El círculo que discutimos al principio reaparece acá, y es una objeción legítima para dejar planteada.
De las ideas innatas, la de Dios es la primera y soberana: es la que sostiene a todas las demás. Y con las esencias garantizadas gané algo que no tenía: una estructura que no depende de mí y sobre la cual puedo trabajar con seguridad.
Precisión importante: todavía no probamos que existan los cuerpos. Lo que se recuperó es que las naturalezas verdaderas e inmutables tienen una estructura necesaria, y que puedo confiar en ella. La existencia de las cosas materiales es el asunto de la Sexta.
Sexta Meditación — «De la existencia de las cosas materiales y de la distinción real entre el alma y el cuerpo».
Citas en traducción estándar, marcadas por Meditación. Reconstrucciones según el resumen de cátedra de Filosofía Moderna (Mendoza Hurtado–Jáuregui, UBA) y los teóricos de C. Jáuregui (UBA, 2016). El material de cátedra disponible no cubre el argumento ontológico: ese bloque se apoya en el texto de Descartes.